
Has pensado en las dos opciones.
Has imaginado los escenarios.
Has sentido miedo en ambos lados.
Y sigues ahí.
No por falta de información.
Sino porque no quieres perder.
Pero lo que no ves es que ya estás perdiendo.
Cada día que pasa entre esos dos caminos,
algo de ti se desgasta.
“No sé qué quiero más.
Pero sé que esta espera me está matando.”
Y no lo dices en voz alta
porque suena exagerado.
Pero no lo es.
No moverte ya está teniendo un coste.
Y ese coste es tú.
El arquero que no soltaba
Un discípulo pidió a su maestro que le enseñara a decidir.
El maestro lo llevó a un campo abierto.
Le puso un arco en las manos
y una flecha en la cuerda.
—Apunta a cualquier parte —dijo.
El discípulo tensó.
Apuntó al centro de un árbol.
Sostuvo el gesto.
El maestro no dijo nada.
Pasaron unos segundos.
Luego un minuto.
Luego tres.
El brazo temblaba.
El sudor caía.
Los dedos dolían.
Pero no soltó.
—¿Qué haces? —preguntó el maestro.
—Estoy esperando a estar seguro —respondió.
—¿Seguro de qué?
—De que no voy a fallar.
El maestro asintió.
Le quitó el arco de las manos
y señaló el árbol.
—Ya fallaste.
—¿Cómo?
—Ni diste en el blanco,
ni aprendiste nada al errar.
Solo agotaste tu fuerza
en sostener lo que no sirve para nada.
La falsa promesa de “no elegir hasta estar seguro”
Parece sensato.
Esperar a tenerlo claro.
No dar un paso en falso.
No arriesgar sin garantías.
Pero esa seguridad… no va a llegar.
Porque hay decisiones que no se aclaran desde fuera.
Solo desde dentro.
Y solo después de haberte movido.
Pensar más no te va a salvar.
Comparar más no va a resolverlo.
Seguir entre dos opciones no te está protegiendo.
Te está partiendo.
Y lo sabes.
No porque tengas la respuesta,
sino porque ya no puedes sostener este punto medio sin quebrarte.
Lo que sostienes al vivir dividido
Vivir entre dos opciones parece temporal.
Pero se convierte en estado.
Y ese estado te agota.
No es que lo estés pensando.
Es que lo estás sosteniendo.
Todo el día.
Todo el tiempo.
Dos escenarios en tu cabeza.
Dos versiones de ti en tensión.
Dos futuros que no existen,
y un presente que no puedes habitar.
Estás agotado.
No por moverte.
Sino por seguir tirando de algo que no se puede estirar más.
Cada día entre esos dos caminos
te deja un poco más roto.
Y lo peor es que no parece grave.
Solo parece cansancio.
Hasta que un día dejas de tener fuerza incluso para elegir.
El coste invisible de no elegir
No elegir parece prudente.
Pero en realidad es una forma de gasto.
Un gasto que no se ve en el momento,
pero que se acumula.
Como una cuenta que se cobra al final,
cuando ya no queda energía para pagarla.
Mientras crees que estás esperando para decidir mejor,
estás usando tu tiempo más lúcido
en sostener un dilema que no avanza.
Estás drenando tu energía diaria
en imaginar escenarios que no existen.
Estás malgastando tu atención
en un sistema cerrado donde todo gira,
pero nada cambia.
Eso es el coste de oportunidad.
Pero no en abstracto.
En tu vida real.
Todo lo que no has vivido en este tiempo
por seguir pendiente de dos caminos.
Todo lo que no has creado.
Lo que no has reparado.
Lo que no has tocado.
Porque tu mente estaba dividida.
Porque tu cuerpo estaba en pausa.
Porque tu presente se convirtió en sala de espera.
Y cada día que pasa así
es un día menos para cualquiera de las dos opciones.
No solo no estás eligiendo.
Estás dejando que ambas posibilidades
se enfríen hasta dejar de serlo.
Y lo peor es que parece sensato.
Parece maduro.
Parece lógico.
Pero no lo es.
No hay nada lógico en gastar tu vida
sosteniendo una duda que ya te está rompiendo.
Elegir no te rompe. Te une.
Elegir no es renunciar a una parte de ti.
Es dejar de vivir dividido.
Sí, vas a perder algo.
Eso es inevitable.
Pero lo que ganas es unidad interna.
Porque ahora estás partido en dos.
Y mientras sigas así,
ningún camino va a poder sostenerte del todo.
Elegir no significa que estés listo.
Significa que estás dispuesto.
Y ese gesto —no la certeza—
es lo que empieza a devolverte el cuerpo.
El rumbo.
El pulso.
La decisión duele.
Pero el daño de no decidir se vuelve silencioso y total.
Hasta cuándo vas a seguir aguantando esta fractura
“No sé qué quiero más.
Pero sé que esta espera me está matando.”
No necesitas tenerlo claro.
Solo dejar de vivir dividido.
Porque lo que te está rompiendo
no es la duda.
Es seguir sin elegir.
No estás confundido, estás atascado
LA GRIETA No es una sesión, es un acto.
Es el punto donde ya no puedes seguir fingiendo.
20 días para hacer lo que llevas tiempo evitando.
→ Asumir la Grieta

