tu bloqueo no se resuelve se atraviesa

Has leído.
Has pensado.
Has hablado.

Y sigues ahí.

No porque no entiendas lo que pasa.
No porque no tengas recursos.
Sino porque esto no se resuelve pensando.

“No estoy confundido.
Estoy bloqueado.
Y eso no se piensa: se corta.”

Y hasta que no lo digas así,
vas a seguir esperando claridad
en un lugar donde lo único que funciona
es moverse sin garantías.

El hielo y el paso

Un joven quedó atrapado al otro lado del lago.
El hielo crujía.
No era seguro.

Esperó.

Miró el cielo.
Miró el agua.
Miró sus pies.

Pasó la noche.
Pasó el día.

El hielo no se rompió.
Pero tampoco se hizo más firme.

Al tercer día, un anciano cruzó.
Paso firme.
Sin mirar abajo.

El joven gritó:
—¿Cómo sabías que no ibas a caer?

El anciano no se detuvo.
Solo dijo:

—No lo sabía.

Y siguió caminando.

Hay bloqueos que no vienen de la mente

No todo bloqueo es mental.
Hay bloqueos que se sienten en el pecho,
en la garganta,
en el estómago.

Te frenan sin argumento.
Te paralizan aunque lo tengas todo claro.

No es confusión.
Es saturación interna.
Un cortocircuito entre lo que sabes,
lo que sientes
y lo que eres capaz de sostener.

Y por mucho que lo pienses,
por mucho que lo entiendas,
no se disuelve.

Porque el bloqueo no está esperando una respuesta.
Está esperando un corte.

Lo que piensas no te va a mover

Puedes seguir dándole vueltas.
Puedes seguir afinando argumentos.
Puedes esperar a entenderlo mejor.

No va a pasar nada.

Porque el pensamiento ya no tiene fuerza en este punto.
Ya lo has comprendido todo.
Ya sabes lo suficiente.
Ya has hablado más de lo que necesitabas.

Y sin embargo,
tu cuerpo no se mueve.

No por falta de información.
Sino porque esto no se desbloquea desde la cabeza.

No necesitas más claridad.
Necesitas un gesto.
Una acción que no nace del entendimiento,
sino del límite.

El corte que viene antes del sentido

Hay decisiones que entiendes después.
No antes.
Porque el cuerpo se adelanta a la mente.

El corte no siempre llega con lógica.
Llega con saturación.
Con ese momento exacto en el que ya no puedes seguir igual.

Y ahí no hay épica.
Ni certeza.
Solo un gesto mudo:
hacer lo que sabes que tienes que hacer,
aunque no sepas explicarlo.

Después, lo entiendes.
Pero primero… lo haces.
Porque si esperas a que tenga sentido,
ya no llegarás.

El bloqueo como refugio encubierto

No siempre estás bloqueado porque no puedes moverte.
A veces estás bloqueado porque moverte te obligaría a romper algo.

Una imagen.
Una lealtad.
Una promesa que hiciste sin darte cuenta.

Y entonces el bloqueo no es un error.
Es un refugio.
Un lugar donde no decides, pero tampoco fallas.
Donde no cambias, pero tampoco arriesgas.
Donde no avanzas, pero nadie puede decir que lo arruinaste todo.

Desde fuera, parece parálisis.
Pero en el fondo, es estrategia de protección.

Porque si eliges, te expones.
Si eliges, puedes equivocarte.
Si eliges, alguien puede sufrir.
Incluso tú.

Y por eso el bloqueo se convierte en sistema.
En parte del paisaje.
En excusa que suena legítima:
“Todavía no lo tengo claro.”
“Estoy esperando el momento adecuado.”
“Necesito entenderlo mejor.”

Pero ese momento no va a llegar.
Porque ya lo sabes.
No con la mente.
Con el cuerpo.
Con ese cansancio que no viene del trabajo,
ni del insomnio,
ni del estrés.

Viene de sostener lo insostenible.
De fingir que sigues pensando,
cuando lo que haces es evitar la caída.

Y aquí está el punto más jodido:
Si mantienes el bloqueo mucho tiempo,
deja de ser una pausa.
Se convierte en identidad.

Ya no dices “no puedo”.
Dices “yo soy así”.

Y entonces lo que empezó como un refugio
se vuelve cárcel.

No por maldad.
No por cobardía.
Sino porque llevas tanto tiempo ahí dentro
que has aprendido a vivir sin horizonte.

Y salir ya no es moverse.
Es desmantelarte.

Seguir bloqueado es una decisión que ya estás tomando

“No estoy confundido.
Estoy bloqueado.
Y eso no se piensa: se corta.”

Esto no es algo que se entiende.
Es algo que se atraviesa.
O no.

la grieta

No estás confundido, estás atascado

Aquí ya no hay nada más que pensar.

Seguir leyendo no va a cambiar nada.
Seguir esperando, tampoco.
Ver la Grieta