
Desde fuera, parece envidiable.
Tu vida.
Tus decisiones.
Tu forma de mantenerlo todo en equilibrio.
Y a veces tú mismo lo piensas:
«No puedo quejarme.»
Pero por dentro… hay algo que pesa.
No es dolor.
No es tristeza.
Es una distancia.
Una especie de vacío que no debería estar ahí.
Porque todo lo que querías lo tienes.
Y sin embargo, no estás.
“Si mi vida fuera de otra persona, la envidiaría.
Pero a mí me pesa.”
Eso no se dice.
Porque nadie sabría qué responder.
Porque incluso tú sientes culpa por pensarlo.
Pero si lo reconoces… ya no hay vuelta atrás.
Lo que todos ven desde fuera
Te ven sereno.
Estable.
Resolutivo.
Te admiran por lo que has construido.
Por cómo manejas tu vida.
Por tu pareja, tu casa, tus proyectos.
Por todo lo que parece estar en su sitio.
Y no están equivocados.
Porque todo eso está.
Pero lo que no ven —porque no se ve—
es que todo eso te ha ido cubriendo.
Capa a capa.
Hasta que ya no sabes si hay algo debajo que siga siendo tuyo.
Has logrado tanto
que ya nadie te pregunta si estás bien.
Porque se da por hecho.
Porque ¿quién va a sospechar que algo duele en una vida que parece hecha a medida?
Lo que ya no puedes nombrar sin que suene ridículo
No puedes decir que estás mal.
Porque no lo estás.
Pero tampoco puedes decir que estás bien.
Porque ya no estás.
Y entonces callas.
No por miedo.
Sino por vergüenza.
Porque sabes que si dijeras lo que realmente sientes,
sonaría absurdo.
Injusto.
Fuera de lugar.
“Me siento vacío.”
“No me reconozco.”
“Nada me ilusiona.”
¿Decir eso cuando tienes pareja, trabajo, salud, amigos, casa?
Parece una queja de alguien caprichoso.
O ingrato.
O perdido sin motivo.
Y ahí está el problema:
no tienes permiso para nombrarlo.
Porque nadie lo quiere escuchar.
Ni tú.
Pero lo llevas dentro.
Y cada día, pesa un poco más.
Cuando tu vida se convierte en una vitrina
Todo está bien colocado.
No solo en tu agenda.
También en tu historia.
Has llegado a un punto en el que todo encaja.
Y sin embargo… ya no habitas nada de lo que has construido.
Tu vida funciona, pero no vibra.
Se muestra, pero no se siente.
Sostiene, pero no impulsa.
Y tú sigues ahí dentro,
como si fueras una figura más en ese escaparate de decisiones pasadas.
No hay crisis visible.
Solo una sensación sorda:
has dejado de ser sujeto para convertirte en imagen.
Y aunque lo reconoces,
no sabes por dónde se empieza a salir de una vida que ya no es una cárcel,
sino una exposición permanente.
Syd Barrett. Ya no estaba.
En 1967, Syd Barrett era el tipo al que todos miraban.
Tenía 21 años.
Vestía como si no le importara, pero todo le quedaba bien.
Era rápido, raro, brillante.
El primer álbum de estudio de Pink Floyd, «Wish You Were Here«, lo puso en órbita.
Durante un ensayo, alguien dijo:
—Esa canción no tiene sentido.
Syd contestó:
—¿Y qué más da?
No era arrogancia.
Era otra lógica.
En los conciertos, al principio todo iba bien.
Pero luego empezó a hacer cosas que nadie entendía.
Una noche, mientras los demás tocaban,
Syd se quedó quieto.
La guitarra colgada.
La mirada fija en el mástil.
No movía los dedos.
Solo estaba ahí.
Otra noche, repitió una sola nota durante diez minutos.
No parecía una performance.
Tampoco una provocación.
Parecía que no sabía cómo salir de ahí.
Le preguntaron qué pasaba.
—Estoy pensando.
Pensando qué, nunca lo dijo.
Un día, la banda tenía un concierto en Southampton.
Quedaron para salir en coche desde Londres.
David Gilmour —que ya lo estaba reemplazando en directo— preguntó:
—¿Pasamos a recoger a Syd?
Hubo un silencio.
Nadie contestó al momento.
Hasta que Roger Waters dijo:
—No. No vamos a recogerlo.
Y siguieron el viaje.
Ese fue el corte.
No hubo discusión.
No hubo despedida.
No le avisaron.
No sabían si iba a protestar.
Pero no protestó.
Syd no llamó.
No apareció.
Y no volvió.
Grabó dos discos más de forma individual.
Fragmentos sueltos.
Canciones que parecían empezar y romperse a mitad de camino.
Canciones que daban vergüenza ajena y, a veces, algo muy parecido a compasión.
Después de eso, se fue.
Volvió a Cambridge.
A su casa de siempre.
Con su madre. A vivir con ella.
Tenía 26 años.
Y ya no volvió a hablar de Pink Floyd.
Ni de música.
Ni de nada.
Cuidaba el jardín.
Pintaba.
Iba al supermercado.
Evitaba las preguntas.
Años después, un periodista local intentó visitarlo.
Syd seguía viviendo en la casa de su madre, en un barrio tranquilo de Cambridge.
Tocó el timbre.
Esperó.
Syd abrió la puerta.
Estaba más gordo, más calvo.
No dijo hola.
El periodista se presentó, empezó a explicarle por qué estaba allí.
No llegó a terminar la frase.
Syd lo miró, sin expresión, y dijo:
—Eso ya no tiene nada que ver conmigo. No me interesa.
Y cerró.
Ni enfado.
Ni misterio.
Solo cansancio de que aún lo buscaran.
Vivió así casi 40 años.
Sin escenario.
Sin entrevistas.
Sin despedida.
No estaba muerto.
No estaba loco.
No estaba triste.
Solo había dejado de ser parte del mundo que lo mostraba.
Y nadie supo nunca por qué.
Ni falta que hizo.
¿Y ahora qué haces con todo esto?
Puedes seguir.
Y probablemente lo harás.
Porque nada te empuja a romperlo todo.
Pero sabes que algo ya no puedes continuar así.
No es un cambio externo lo que necesitas.
Es una decisión interna que aún no sabes formular.
No tienes claro qué cambiar.
Pero ya sabes que no puedes seguir igual sin borrarte un poco más cada día.
Y eso ya es irreversible.
Y no hay más.
No hay crisis.
No hay tragedia.
Solo una verdad muda que por fin se ha dicho:
“Si mi vida fuera de otra persona, la envidiaría.
Pero a mí me pesa.”
Ahora lo sabes.
Y aunque no hagas nada hoy,
esa frase ya se ha quedado contigo.
No estás confundido, estás atascado
Aquí ya no hay nada más que pensar.
Seguir leyendo no va a cambiar nada.
Seguir esperando, tampoco.
→ Ver la Grieta

