viviendo en piloto automático

Un día abriste el armario.
Te vestiste.
Desayunaste.
Saliste a la calle.

Y ya en mitad del camino, te diste cuenta de algo raro:
no recordabas nada de lo que habías hecho esa mañana.

No es que estuvieras mal.
No pasó nada.
Pero todo había ocurrido sin ti.

Qué significa vivir en piloto automático

No estás mal.
No estás deprimido.
No estás roto.

Pero algo en ti ha dejado de estar.
Sigues cumpliendo.
Sigues funcionando.
Pero ya no eliges casi nada.

Lo haces todo.
Pero no te sientes dentro.

Y lo más jodido es esto:
nadie lo nota.
Porque todo parece en orden.
Porque respondes a los mensajes.
Porque haces bien tu trabajo.
Porque no te quejas.

A veces incluso tú te convences.
“Estoy bien.”
“Solo cansado.”
“Es una racha.”

Pero no es una racha.
Es otra cosa.

Es como si fueras dejando de estar,
sin que nadie —ni siquiera tú— lo vea venir.

Dejas de hacer preguntas.
Dejas de revisar si lo que haces tiene sentido.
Dejas de mirar hacia adentro.
Y todo sigue funcionando igual.

Porque el cuerpo responde.
Porque la agenda se cumple.
Porque no has fallado a nadie.

Solo a ti.

Pero eso no suena grave.
No parece urgente.
Nadie te lo va a señalar.
Ni siquiera tú…
hasta que un día te paras cinco segundos
y no sabes si lo que vives te representa en algo.

Y entonces aparece esa frase:
“Estoy bien… pero esto no tiene nada que ver conmigo.”

Veinte minutos

Una mujer se sentó en un banco, como cada tarde.
Esperaba a su hija, que salía del conservatorio a las siete.
La niña ya tenía catorce años.
Pero ella seguía viniendo.
Decía que era por costumbre.
Que así estiraba un poco las piernas.

Pero nunca miraba el reloj.
Ni alzaba la vista.
Ni escuchaba lo que salía del edificio.

Solo se sentaba.
Veinte minutos exactos.
En silencio.

A veces venía con un café.
Otras con una revista que no abría.
Una vez incluso con una libreta,
como si fuera a escribir algo.
Pero no escribió nada.

Un día su hija llegó antes de lo normal.
La encontró sentada, sin hacer nada,
mirando al frente, sin expresión.

—Mamá… ¿estás bien?

Ella reaccionó.
Parpadeó.
Sonrió.

—Sí, claro. Estoy bien. Solo estaba… pensando.

Pero no estaba pensando.
No estaba descansando.
No estaba esperando.

Solo estaba.
En pausa.
Como si la vida se hubiera detenido ahí,
cada día a la misma hora,
y ella ya no supiera si eso era descanso,
rutina,
o el lugar exacto donde había empezado a irse.

Síntomas que no duelen, pero pesan

No necesitas estar en crisis para estar desconectado.
Estas señales no gritan.
Pero si las reconoces, sabes que algo se ha ido de ti:

1. Tus días pasan y no dejan marca

Terminas la jornada… y no sabrías decir qué ha pasado.
Lo hiciste todo, sí.
Pero no hay nada que te haya tocado.
Ninguna conversación que recuerdes.
Ningún pensamiento que fuera realmente tuyo.
Solo una lista tachada.

2. Haces planes, pero ninguno te ilusiona

Cenas, escapadas, autocuidado.
Todo correcto. Todo bien.
Pero da igual lo que venga:
todo suena igual.
Nada mueve nada.

3. Dices “sí” a todo, sin pensarlo

A compromisos, a favores, a reuniones absurdas.
Ya no revisas si va contigo.
Ni te lo planteas.
Solo respondes.
Porque hacerlo bien es más fácil que revisar si quieres hacerlo.

4. Parar no te calma. Te incomoda

Tienes ratos libres. Vacíos incluso.
Y en lugar de descansar, te entra ruido.
No sabes qué hacer con el silencio.
No sabes quién eres sin una tarea delante.

5. No recuerdas la última vez que hiciste algo solo por deseo

Sin obligación.
Sin utilidad.
Sin que tuviera que servir para algo.
Algo porque sí.
Porque te apetecía.
Porque sí.
Y si no lo recuerdas, es que hace mucho que no apareces.

Cómo empieza este mecanismo (y por qué casi nadie lo nota)

Nadie elige vivir así.
Nadie se levanta un día diciendo:
“Voy a dejar de estar presente en mi vida.”

No es una decisión clara.
Es una sucesión de gestos prácticos.
Renuncias mínimas.
Compromisos que tocaban.
Cosas que había que hacer.
Y que hiciste.

Y como eran razonables, no te cuestionaste nada.

Dejaste de improvisar.
Dejaste de preguntar.
Dejaste de revisar si eso que hacías aún tenía que ver contigo.

Todo funcionaba.
Y eso bastaba.

Pero ahí empezó el problema:
cuando todo empezó a funcionar sin ti.

Sin tu presencia.
Sin tu deseo.
Sin tu parte viva.

Seguiste haciendo lo correcto.
Y lo correcto fue llenando todo.
Hasta que ya no quedaba espacio para lo real.

Eso es lo que más cuesta admitir:
que lo que te ha desconectado no es una tragedia, ni una herida profunda.
Es la suma de elecciones cómodas.
De evitar líos.
De no remover lo que funcionaba.

Te fuiste alejando de ti por eficiencia.

Porque era más fácil seguir.
Porque preguntar removía.
Porque elegir desgastaba.

Y al final, no es que te perdieras.
Es que dejaste de necesitarte para vivir tu propia vida.

Qué puedes hacer cuando lo reconoces

Lo primero: no lo tapes.

Verlo ya es un punto de no retorno.
Porque ahora lo sabes.
Y fingir que no,
solo va a hacer que el desgaste se acelere.

No necesitas hacer un cambio radical.
Pero sí necesitas hacer algo que te implique de verdad.

Algo que no sea útil.
Algo que no esté en la agenda.
Algo que no puedas hacer en automático.

No como solución.
Sino como interrupción.

Porque si sigues igual,
no es que te vayas a romper.
Es que vas a dejar de sentirte vivo sin darte cuenta.

Y eso es todo.

Y ahora que lo has visto,
no puedes fingir que no sabes.

Eso es lo difícil.
Que no hace falta tocar fondo.
Solo dejarlo pasar.

Y si no haces nada,
no es que te vayas a romper.
Es peor:
vas a seguir funcionando.
Sonriendo. Cumpliendo. Contestando mensajes.

Pero cada vez más lejos de ti.

Y nadie lo notará.
Porque todo seguirá en orden.
Porque parecerás bien.
Porque incluso tú podrás seguir diciendo:
“Estoy bien… solo un poco cansado.”

Pero no es cansancio.
Es desgaste de estar ausente sin darte cuenta.

Y si no haces algo que te implique de verdad,
algo que no puedas hacer en automático,
algo que te saque del “lo de siempre”…
no es que te vayas a apagar.

Es que ya no vas a volver.

la grieta

No estás confundido, estás atascado

Aquí ya no hay nada más que pensar.

Seguir leyendo no va a cambiar nada.
Seguir esperando, tampoco.
Ver la Grieta